Bajo la influencia de los vapores etílicos de tres tequilas con cocacola paso, de vuelta a casa, frente al abandonado edificio de la Cruz Roja, y no puedo evitar recordar al antiguo amigo con el que una vez visité, linterna en mano a las tantas de la noche, tras haber salido a hurtadillas de nuestras respectivas casas, el edificio anexo (creo que antigua morgue y sala de autopsias), hoy en día inexistente y ya entonces en ruinas, cuya entrada coronada por el as de picas evocaba noches de misterio y aventura.
Recuerdo una época en que fuimos íntimos. Él me descubrió, en un paseo al cementerio de Santa Lucía, al gran Isaac Asimov y la trilogía de La Fundación, abriendo el mundo de la ciencia ficción a mi mente, y la colección 1984, de Toutain, con dibujantes fantásticos que influyeron enormemente en mi concepción de lo que significa plasmar en imágenes impresas historias llenas de fantasía. Compartimos curso de informática cuando el Spectrum de Sinclair era lo más puntero, junto al Commodore 64, y pasábamos las tardes frente a nuestro Spectrum de 48k imaginando líneas de programa con las que reflejar nuestras locas ideas sobre un mundo fantástico que aun se encontraba en pañales.
Quiso el destino que, siendo como éramos orgullosos en nuestra juventud, e ingenuos sobre lo que los estúpidos detalles pueden hacer con las personas, tuviéramos un choque de actitud que nos condujeron al desastre.
Habiendo quedado para ver la procesión del Encuentro me dirigí a su casa como habíamos quedado el día antes. Llamé al interfono y no obtuve respuesta. Estando la puerta del edificio abierta subí a su casa y llamé repetidas veces, llegando a despertar a su abuela, y a él, que en lugar de abrir y decir que no le apetecía venir, quitó los plomos de la casa para que no pudiese insistir con el timbre. Cabreado como un mono, y con el espíritu del futuro Macgyver en mi mente, no se me ocurrió una idea más estúpida que colocar un palillo en el interfono de la calle sabiendo que no dependía de la instalación eléctrica de la casa, y que no dejaría de sonar hasta que bajase a quitarlo. Seguidamente me fui y vi la procesión yo solo.
Ni qué decir tiene que después de aquello no volvimos a cruzar palabra durante muchos años. Hasta que por casualidad nos vimos en una fiesta donde los hados dispusieron que nos encontráramos en disposición de mirarnos a la cara y reconocer nuestros errores. No recuerdo muy bien qué nos dijimos, sólo que nos pedimos disculpas mutuamente por nuestros comportamientos, y que pasamos una noche divertida recordando antiguas andanzas, sintiendo la culpa y el perdón a parte iguales. No volvimos a retomar la antigua amistad, no obstante, aunque seguí más o menos de cerca sus andanzas a través de amigos comunes.
Algunos años después él había pasado por un par de sectas, su padre había ido a buscarlo un par de veces a Alemania o Suecia, no recuerdo bien, y me contaron que se pasaba los días mirando al mar de pie en la playa durante horas. Hasta que un día lo encontraron muerto en la puerta de su casa de la playa por causas naturales. Creo que contaba unos veintialgo años de edad. Recuerdo la profunda tristeza que me embargó, aun habiendo perdido la íntima amistad que un día nos unió.
Aun lo recuerdo de vez en cuando en noches como ésta y siento la culpabilidad de no haber podido comprender la actitud de una persona a la que consideraba mi amigo. No obstante hoy agradezco enormemente haber tenido la oportunidad de haber podido hablar con él y "arreglar", en la medida de lo posible, aquella actitud infantil propia de nuestra edad que, en unos veinte minutos escasos, echó por tierra una relación con una persona con la que me sentía identificado y que tanto me aportó en un momento determinado, y que influyó tremendamente en mi concepción de la literatura fantástica, la amistad y los errores del ser humano. Y me doy cuenta de la tremenda suerte que tuve conociéndolo y pudiendo disculparme a tiempo por los errores cometidos en un momento de soberbia.
Para ti, mi antiguo amigo, mi recuerdo y mi respeto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario