No temáis que se extinga
el incesante rugir de millones,
pues el llanto llenará
el aplastante vacío del silencio.
Antigua visión T´lek.
Los T´lek somos una especie
antigua. Durante millones de doblegiros medramos en nuestro mundo natal, orbitando
el gigante gaseoso que nos ha dado siempre el calor que nuestras lejanas y
apagadas binarias nos negaban. Elevándonos sobre el cieno primordial y ascendiendo
en la cadena evolutiva.
En ocasiones estuvimos al
borde de la extinción por nuestra propia causa, pero vencimos a las luchas y la
autodestrucción, y nos volvimos más sabios, como cuando dominamos las "Disputas
de los Úteros", acabando con la esclavitud de las castas y con el estigma de las
no-líneas de los gestadores.
Una vez en paz nuestro mundo,
nos lanzamos a la conquista de otros. Exploramos e intentamos colonizar el
resto de cuerpos celestes de nuestro sistema. Pero nuestro genoma es mutable en
extremo y las condiciones de otros lugares provocaban cambios sustanciales en
los que los habitaron, destruyendo entre atroces sufrimientos a los que osaron
alzarse hacia el exterior.
Intentamos entonces
modificarnos a nosotros mismos en un intento de hacernos resistentes a los
cambios, y con ello llegó el desastre del "Proyecto Eugenésico de Colonización":
los colonos modificados se volvían terriblemente agresivos, llevándonos de
nuevo a luchas que casi acaban con nosotros.
Terminadas las "Guerras de
los Mundos Exteriores" el Grupo de las Trece decidió entonces que nos
quedaríamos en nuestro mundo y sólo plasmavidas sin esencia explotarían las
riquezas del sistema para el sustento de nuestro hogar.
Y así florecimos durante miles
de doblegiros, seguros en nuestra luna, dedicados a la ciencia, la acumulación
de conocimientos y la contemplación del universo.
Hasta que llegó la Bestia.
En el decimoquinto reinado
del Jerarca L´ndrab apareció flotando en el espacio. Las leyendas hablaban de criaturas
que podían sobrevivir en el vacío, errando solitarias con las corrientes
solares. Aunque nadie había visto nunca ninguna, la visión de una criatura del
tamaño de medio mundo hizo que surgieran en nosotros los miedos ancestrales que
todo ser viviente oculta en el seno de su herencia genética.
Al haber abandonado hacía
mucho nuestros intentos de expansión más allá de nuestro mundo, nos veíamos
abocados ahora a contemplar impotentes cómo aquella monstruosidad se acercaba
directa hacia nosotros, pues ya no poseíamos externoviales con los que intentar
huir o interceptar a la criatura. Y sabíamos que aunque hubiésemos dispuesto de
ellos, armados con todas las armas que pudiésemos recuperar o reinventar, poco
habríamos podido hacer para defender nuestro hogar.
En un desesperado intento se
convocaron a todos los plasmavidas disponibles, lanzándolos contra el titán con
la esperanza de que quizá lo molestasen lo suficiente como para que cambiara su
rumbo. Necios insignificantes; así contemplamos como nuestra única y última
línea de defensa caía sin causar ningún efecto.
Muchos de los nuestros cayeron
entonces en la infinitud de la no-vida. Otros clamaron a los antiguos Creadores
en busca de clemencia. Los más desviados intentaron poner en marcha antiguos
externoviales en los museos, fracasando en su intento.
Cuando todo se creía ya
perdido, con la mole extendiendo sus gigantescas fauces para envolvernos,
ocurrió lo impensable. La Bestia se había colocado en giro alrededor de nuestro
gigante gaseoso, por delante del de nuestro mundo, con la enorme vela de su
parte delantera extendida en dirección a una de nuestras estrellas. De uno de
sus extremos alargó inmensurables zarcillos en dirección a las capas más altas
del mundo gaseoso...y comenzó a alimentarse.
La criatura absorbía
material gaseoso del mundo-madre y usaba la energía y las partículas de las
corrientes solares capturadas con su boca-vela para catalizar reacciones que la
sustentaban, emitiendo unas partículas de desecho que conformaban una gran
nebulosa que atravesaba nuestro mundo en su giro.
Se estudió la gran nube y se
determinó que su composición, si bien desconocida, no perjudicaba en nada a los
T´lek ni al resto de seres vivos. Hasta que un día comenzamos a oírnos los unos
a los otros sin necesidad de sonidos ni gestos. Las mentes de los más cercanos
se fundían unas con otras; y el efecto se extendía y amplificaba con cada
doblegiro.
El fenómeno se recibió como
un regalo. Ya no eran necesarias máquinas liga-datos; la mente colmena de todos
los T´lek era la mejor liga-datos. Los anales físicos eran superfluos; la mente
colmena contenía todo el saber y los recuerdos de la especie. Los nacidos ya no
emitían sonidos al venir al mundo; las mentes de sus gestadores, semilleros y
crianovas los arrullaban desde antes de dejar las bolsas excretoras, y la
sabiduría y el conocimiento acudían a ellos de forma natural. Así vine al mundo
yo.
Durante cientos de
generaciones los T´lek aprendimos lo que era ser Uno. Las liga-datos quedaron
abandonadas y los anales se disolvieron en el polvo que arrastra el tiempo.
Hasta que un día amanecimos
sin la Bestia.
Nunca hemos sabido qué fue
de ella. Simplemente desapareció. Quizá cargada de energía para continuar su
viaje hacia otras estrellas.
Al principio no se notaron
los efectos de su partida, pero lenta e inexorablemente, a la vez que la nube
con la que nos envolvió se disipaba en el espacio, su regalo comenzó a
desaparecer. Y éramos incapaces de duplicar su efecto.
Muchos enloquecieron al
principio. Otros se decidieron por la no-vida. Y otros nos quedamos, errando
por un mundo en silencio, incapaces de comunicarnos los unos con los otros,
pues ya no éramos capaces de emitir sonidos, ni sabíamos cómo tallar anales. Y
los nacidos morían al poco con sus mentes extraviadas.
Nos extinguíamos debido a
nuestra arrogante actitud frente a un regalo que creímos eterno.
Hasta que un día naciste tú, J´dim. Y como tú otros. Y gracias a vosotros aprendimos de nuevo lo que nunca debimos olvidar, y el pueblo T´lek recuperó su futuro.
Aquel día no moriste, ni
enloqueciste en la soledad. Tu gesticulador se abrió y, como antaño, el llanto
llenó el aplastante vacío del silencio que nos rodeaba.

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