Sus días eran siempre iguales, y sin embargo diferentes. Lidiando sin descanso con rutinas, trabajo, hijos, cuentas, recados, amigos, intimidad, anhelos, compañía a veces, soledad otras...arrancando presión de una máquina forzada hasta el límite, a la que siempre sacaba empuje incluso cuando parecía que ya no quedaba combustible por consumir.
No sé si conseguiré comprender del todo la forma en que abordaba los momentos, encadenados uno tras otro, en una maraña tejida de absurdos, caídas, desengaños, incomprensión, rebeldía, alegrías, pasiones, lecturas, besos, soledad, cenas, teatro, viajes, despistes, ilusiones, inconformismo, llanto, risas, amor, desamor, sexo, obligaciones, insomnio, cansancio, energía sin límites, paradojas, reproches, turbulencias, sosiego...un nudo gordiano al que se enfrentaba sin espada y que, sin embargo, contra todo pronóstico, conseguía desatar cada día...para despertar por la mañana y encontrarlo anudado otra vez, enfrentándose a él, desfalleciendo a veces, pero siempre levantándose y desliándolo de nuevo a base de mordiscos, tirones, voluntad y sangre en sus manos de tanto arañar la vida.
Un día mi mirada se cruzó con sus ojos de bronce y vi en lo profundo lo que escondía su alma: otoños en el corazón, primaveras en sus caderas, risas que hacían añicos la vista de quien la miraba, golpes de ira contra la injusticia, lágrimas de frustración contra el tiempo, un alma libre atada al mundo, autosuficiencia y deseo por compartirla, lucha perenne por mejorarlo todo, una fortaleza indómita e indomable, descontento y lucha permanente consigo misma, orgullo por su identidad, una amistad a toda prueba, alegría y frustración por la vida, una sensualidad primigenia capaz de abatir montañas, una fragilidad en equilibrio inestable, el diamante de su corazón hecho añicos y recompuesto a base de voluntad pura, la flor de su cuerpo y su mente renaciendo cada primavera, la alegría del reflejo de las hojas rojas en sus pupilas temblando en las gotas de emoción que resbalaban por su piel fundidas con una suave llovizna de octubre, la infinitud del mar abrazándola como a los peces, sus pies hollando el suelo con firmeza sobre musgo, riachuelos o asfalto, las letras danzando en su mente creando sinfonías de emociones, la música transformada en anhelos, pasión, tristeza y alegría al vibrar en sus pupilas, su poder desafiando al tiempo...
Ese día afortunado en que me crucé con La Mujer, y vi mi imperfección reflejada en su mirada, cambió mi existencia, pues comprendí lo que era la vida.

Me ha gustado mucho Juanico, por que no publicas textos como estos? estan muy chulos tio, abrazos.
ResponderEliminarGracias Paco!! A ver si me animo y sigo, jeje.
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