Durante toda la mañana había estado dando tumbos de aquí para allá, posponiendo lo inevitable, dudando en lo deseado y soñando con lo pasado. Durante el día se había estado preparando para resolver el problema de una vez por todas. Por la tarde, algo cansado, había pasado un rato imaginando cómo iba a ser abrir aquella maldita puerta y salir de aquella habitación, librarse de la penumbra que lo rodeaba y que a aquellas alturas le parecía eterna. Al fin, tras dar interminables vueltas, decidió que lo mejor era dejarse de tonterías y cargar contra los maderos con todas sus fuerzas y hacerlos añicos.
Miró la oscuridad que lo rodeaba por última vez mientras tomaba distancia para disponer de impulso suficiente. Se lanzó hacia adelante y cargó con todas sus fuerzas. El impacto con los tablones hizo que saliese despedido hacia atrás, aturdido y sorprendido a partes iguales. Sabía el cielo que no creía que aquella puerta fuese tan resistente. Intentó levantarse y resbaló de nuevo golpeándose el brazo al caer. Las manos le temblaban. Las miró y vió las huellas del tiempo marcando sus dedos. Aquello era muy extraño y no terminaba de comprenderlo. La última vez que las había mirado, aquella mañana, mientras sopesaba los pros y los contras de las medidas a tomar para derribar aquella maldita puerta , la piel era tersa, los músculos fuertes.
Se levantó a duras penas y se miró en el espejo. El horror de la verdad lo golpeó y lo llenó por completo, y comprendió que era demasiado tarde. Nunca conseguiría ya salir de aquel lugar. Había dejado pasar demasiado tiempo.
